Acabo de terminar la lectura del libro titulado La loba blanca de Theresa Revay. Debida que mi nivel del idioma francés no es el adecuado (soy una futura alumna del blog de Marie Blanche) he leido esta novela en español. El texto me ha llevado de viaje por la la Rusia zarista, la Europa bélica, tanto por 1914 como por 1939, entre otros muchos lugares y circunstancias. Recomiendo este libro, por su redacción (magnífica traducción que oviamente es reflejo fiel del texto original), por los datos históricos que aporta (personajes, lugares, acontecimientos), por sus personajes (Xenia, Max, Sara, por mencionar algunos) y por supuesto y dada mi querencia por la historia rusa pre revolucionaria, me llama la atención el conocimiento que tiene la autora sobre la extensa y en muchas ocasiones desconocida historia de la familia imperial rusa.
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domingo, 23 de marzo de 2014
jueves, 23 de mayo de 2013
En el Paseo Marítimo. Capítulo 10.
Poco a poco la respiración de Mª del Carmen feu acompasada y su mirada se posó en Diego, que intentaba sonreír - hola tía - era un susurro temblón -tranquila, respira tranquila -. Ella intentó decir algo que Diego no entendió o no pudo oir. Cuando su madre llegó al sofá, comenzó a hablar despacio, seguía respirando acompasadamente, haciendo que las palabras parecieran vagas y desganadas. Se levantó con esfuerzo, dejándoles a ellos dos agachados y desconcertados. Lo que más admiraba Diego de Amelia, era que siempre sabía que hacer y como. Era una madre cariñosa y adoraba a sus hijos. Siempre estaba de su parte y los apoyaba en todo. Por alguna razón, Diego se sentía más cercano a su tía Mª del Carmen como sobrino político que a Amelia como hijo biológico. De niño, iba a jugar a casa de su primo Pedrito muy a menudo. Aunque Diego era uno años mayor que el otro, ambos hacían muy buenas migas, siendo buenos aliados frente a su hermana Irene. Ella siempre acababa llorando, acusándoles a ellos dos de "brutos" y "malos". Cuando su primo y su tío murieron en el accidente, las visitas de Diego cesaron. Durante casi un año no volvió por la casa. En ese tiempo apenas coincidió con su tía, salvo en contadas ocasiones, Mª del Carmen desapareció de su vida. Fue en el día de su décimo cumpleaños, después de recibir de manos de su madre el regalo de Mª del Carmen; un coche rojo tele dirigido con su nombre grabado en letras doradas en el capó; cuando Diego, admirando su fabuloso regalo, quiso ir a verla. Diego ya estaba en la acera cuando Amelia lo alcanzó. Madre e hijo llegaron las Villas en diez minutos. En cuanto cruzaron las verjas de entrada, el niño comenzó a correr de nuevo, gritando el nombre de su tía. Mª del Carmen había salido a recibirles al porche, Diego todavía recordaba la pena que sintió por su tía durante aquellos años. Cuando Diego se echó a sus brazos, abrazándola y besándola como sólo un niño sabía hacerlo, él pudo ver como la cara de su tía estaba mojada, no por el sudor o por agua, sino porque estaba llorando. -No llores, tía. Aunque Pedrito no esté aquí, yo, sí tu me invitas vendré a visitarte. No llores, mira, mamá viene ahí, he salido corriendo de casa - Diego había secado con su mano las lágrimas de ella, que habían empapado toda su cara -verás como me castigue, pero hoy es mi cumple, ven tía, vamos a por mamá -. Ese había sido el primer día, después vendrían mucho más, hasta que las visitas de Diego se hicieron frecuentes y casi diarias.
miércoles, 22 de mayo de 2013
En el Paseo Marítimo. Capítulo 9.
Él fue quién encontró a Mª del Carmen desvanecida en el sofá. Al principio creyó que estaba dormida, pero cuando se acercó a recoger las hojas del periódico desparramadas en el suelo, le llamó la atención la leve respiración de su tía. Con suavidad primero y más enérgico después, intentó en vano despertarla. Desde la cocina Mapi, la joven doncella que desde hacía seis meses trabajaba en la casa, oyó sus gritos y corrió a la sala de estar. Entre los dos intentaron reanimarla de nuevo, fracasando otra vez. Mapi fue a por una toalla húmeda, mientras Diego la cogía por la cabeza, acariciando su mejilla. Con su mano libre, llamó al teléfono directo del dormitorio de sus padres, con la esperanza de que alguno de los dos estuviera en casa. Los minutos siguientes fueron eternos, en el momento que Amelia alcanzaba el porche, Mª del Carmen abría los ojos. Diego balbuceó palabras de cariño lo mejor que pudo, viendo la mirada pérdida de su tía, la palidez de su rostro, temió que el infarto al hubiera sumido en un coma. No sabía cuales eran los síntomas de un coma; si Begoña, su novia, estuviera allí, sabría que hacer, ella era estudiante de medicina y sabía de esas cosas, él no.
martes, 21 de mayo de 2013
En el Paseo Marítimo.Capítulo 8.
- No puede ser -Mª del Carmen hablaba sin ganas, notaba la garganta reseca y el corazón golpeándole con fuerza el pecho. Amelia estaba de rodillas a su lado, cogiéndole entre las suyas su mano, todavía respiraba con dificultad y no se atrevía a preguntar o decir nada- Es...... es Pedro, Amelia, es Pedro- la dueña de la casa buscaba con sus ojos las hojas del periódico que estaban tiradas en el suelo. Amelia las recogió y se las alcanzó. Desasiéndose de su sobrino y de su cuñada se incorporó con dificultad y volvió a mirar la foto. Las hojas temblaban en sus manos, se obligó a leer la noticia que acompañaba la foto. "En la tarde del martes quince fue hallado en el Paseo Marítimo el cuerpo sin vida de un hombre. El fallecido no portaba ninguna identificación. Vestía prendas deportivas de color azul oscuro y calzado deportivo. El desconocido es corpulento, de uno ochenta de estatura, cabello oscuro, lacio, su edad podría ser entre 55 y 60 años."- Mª del Carmen se estaba levantando sin soltar el periódico, notaba sus piernas inestables y no podía controlar el temblor de las manos, pero quería levantarse.- Debo de ir a hablar con la policía- el tono era inexpresivo, no denotaba ni la angustia ni el pánico que podían verse en sus ojos. Diego y Amelia intentaron impedírselo, en tanto que ella, dirigiéndose a la asustada doncella, Mapi, mandó avisar a Alfonso, el chófer. Abrazando el periódico, continuo caminando, sintiendo las piernas más seguras, hasta llegar a la mesa camilla en donde reposaban algunos de los marcos de plata que portaban las fotos familiares. Mientras que con una mano seguía sujetando con fuerza las hojas del periódico, con la otra cogió uno de los marcos. Era de tamaño mediano, el grosor del marco era de tres centímetros, liso, con una pequeña metopa central coronándolo. En ella estaban grabadas las letras "C" y "P", una encima de la otra. La foto había sido tomada quince años atrás. Había sido el último día del mes de julio, después de una regata. Pedrito, su hijo, mostraba con orgullo su copa de campeón. Era un niño guapo. De sonriente semblante y alegres ojos azul cielo. Su cabello rubio, lo era tanto, que parecía teñido. Al lado su padre, Pedro Cruz, pasaba su brazo por los hombros del hijo, sonreía y le decía algo al fotógrafo. Mª del Carmen mantuvo durante unos instantes la foto en su mano, mirándola y recordando. La dejó con cuidado en su sitio y reunió fuerzas para hablar a sus dos familiares. Estos, al ver que ella no prestaba atención a sus palabras, habían optado por guardar silencio.- Amelia, por favor, ¿querías acompañarme a hablar con la policía?.- Se oía su propia voz y no tenía la impresión que ella estuviera diciendo esas palabras, Amelia intentó decir algo, pero Mº del Carmen con un gesto se lo impidió - no, por favor, no - abrazaba las hojas del periódico contra su cuerpo con fuerza- necesito que me acompañes- se volvió hacia Mapi- que Alfonso lleve a Doña Amelia a su casa, que espere mientras se arregla y que la traiga de nuevo- su voz le seguía pareciendo la de otra persona, pero a pesar de que sus manos continuaban temblando, controlaba sus acciones, despacio, pero las controlaba. Amelia se despidió con dos besos en las frías mejillas de su cuñada y se encaminó con paso rápido a la salida.
lunes, 20 de mayo de 2013
En el Paseo Marítimo. Capítulo 7.
La casa de Carmela, era, con diferencia, más grande y más lujosa que la de Amelia y Gerardo. En realidad eran dos edificios unidos por una zona de estar que llamaban "sala de estar". Esta denominación era un tanto ridícula, ya que esta sala de estarla componían varias habitaciones: la biblioteca, la sala amarilla ó salón de té, que era como Mª del Carmen solía referirse a esta estancia, el comedor y la sala de estar verde. La zona de "estar" eran doscientos metros de elegancia y belleza, en donde Mª del Carmen vivía habitualmente. El ala sur - o Villa Rosalía- solamente se usaba cuando había invitados. Entre las dos plantas y el bajo sumaban seiscientos metros. El comedor de Villa Rosalia era exquisito en buen gusto, obras de arte y vistas; el vestíbulo, el salón de té -o de café- y el salón de fumadores completaban la planta baja. El segundo piso se distribuía entre la sala de billar y la biblioteca. En ambas plantas, sendos cuartos de baño completaban la distribución. Un bajo cubierta tan amplio como las plantas inferiores estaba destinado únicamente a dormitorios y cuartos de baño, destinado como lugar de descanso para los anfitriones o sus invitados; llegado el caso era más cómodo después de una larga velada, quedarse a dormir en Villa Rosalia, no había necesidad de ir hasta Villa Emilia. Las cocinas ocupaban la totalidad la planta sótano de Villa Rosalia. Las dimensiones de Villa Emilia o ala norte, eran idénticas a las de Rosalia. La planta sótano de Emilia lo ocupaban el garage y el taller mecánico. La baja la componían tres dormitorios con sus correspondientes vestidores y cuartos de baño. La cocina que se extendía hasta el comienzo de la zona de estar, completaba esta planta. La segunda, en su totalidad, era el dormitorio de Mª del Carmen.
El Porche rodeaba los dos edificios y la zona de estar. Unas escaleras anchas de madera maciza comunicaban al jardín. Éste tenía una extensión de dos mil metros cuadrados que rodeaba las dos Villas, eran edificios blancos con los tejados rojos amapola. El jardín de Mª del Carmen había recibido numerosos premios. Era cuidado por un equipo de veinte jardineros y dos capataces, dirigidos todos ellos por un ingeniero. En el proyecto original se había incluido una piscina grande y otra más pequeña, pero se desestimó. La playa estaba muy cerca y la familia siempre había acudido a ella.
Amelia tardó seis minutos en cruzar la verja de hierro en dónde se exhibían orgullosas las iniciales de cada villa. En la hoja de la derecha de diez metros de alto por cinco de ancho se dejaban ver las rimbombantes "VR", en la hoja de la izquierda las "VE". Corrió por el camino hecho de madera de tea, tuvo que detenerse para no resbalar, sus delicadas zapatillas de raso no estaban habituadas a este ritmo y no parecían dispuestas a soportarlo durante mucho tiempo más. Olía a hierba mojada, mezclado con el olor a mar y mezclado con el resto de los olores de las flores y las plantas, daba la sensación de hallarse en un oasis alejado del mundo. En dos minutos alcanzó las escaleras del porche, corrió a través de éste y entró en la zona de estar por la puerta abierta, de madera maciza, no había preguntado a su hijo en que parte de la casa se encontraban, instintivamente se había dirigido a la zona de estar, Carmela dormía poco y madrugaba mucho; comenzaba a costarle trabajo respirar, a pesar del frío y de lo poco que le abrigaba su camisón y su bata de seda -esta última totalmente abierta y volando a su espalda haciendo las veces de capa -tenía calor-, sentía las mejillas arder y su corazón golpeaba con fuerza el pecho. Cuando llegó a la sala de estar, Carmela ya había recobrado el conocimiento. La habían tumbado en uno de los sofás. Su cara estaba tan pálida que parecía de nieve, los ojos le brillaban muy abiertos. Diego sujetaba su cabeza y tenía cogida su mano; Mapi, una de las doncellas aplicaba una toalla mojada sobre su frente. Amelia no tuvo que preguntar nada a nadie. En el suelo, al lado del sillón, las hojas del periódico caían desordenadamente
viernes, 17 de mayo de 2013
En el Paseo Marítimo. Capítulo 6.
Durante los años siguientes, entre la viuda y el hermano no hubo ningún tipo de relación personal. La empresa constructora Cruz de La Coruñesa había sido creada por el abuelo de Pedro y Gerardo en el año mil ochocientos noventa. En ella habían desarrollado su vida profesional la mayoría de los miembros de la familia, siendo la familia Cruz la única propietaria. Desde muy jóvenes, Pedro y Gerardo, el primero ingeniero de caminos y el otro abogado, habían entrado a formar parte de la plantilla. Sus comienzos fueron como los de cualquier otro trabajador, a pesar de ser hijos del Presidente, eran los primeros en comenzar la jornada y los últimos en finalizarla, la renovación de sus contratos no era decisión de su padre, sino del director con el cual trabajaran en ese momento. A tal extremo llegaba el celo profesional del progenitor, que durante los tres primeros años ningún trabajador de la empresa, a excepción de la secretaria del presidente, Manolita y el jefe de personal, don Ildefonso, conocían la vinculación familiar de ellos con don Pedro Cruz Seoane. Los hermanos eran brillantes y buenos trabajadores, poco a poco fueron ganándose la confianza del padre, hasta llegar a convertirse en los directores con los que todos querían trabajar. Cuando su padre falleció, ambos, por expreso deseo del difunto, se convirtieron en presidentes de la compañía y de ambos a partes iguales era la empresa.
Un año antes del accidente de coche que costó la vida al marido y al hijo de Mª del Carmen, Pedro Cruz Arenas, hizo un nuevo testamento, nombrando a su esposa heredera universal, siempre y cuando, el hijo de ambos, Pedro Cruz Galán, no le sobreviviese, ya que, es ese caso, sería el hijo de ambos el heredero universal y su esposa recibiría la pensión estipulada en el testamento anterior. El régimen de separación de bienes del matrimonio de Pedro y Mª del Carmen y la renuncia por escrito- que ella había firmado antes de contraer matrimonio con él- a toda compensación económica o material por parte de Pedro Cruz Arenas en caso de divorcio o separación, se tornó en aguas de borrajas cuando el testamento del difunto fue leído en presencia de toda la familia.
Gerardo había abandonado el despacho de Valerio Somoza encolerizado y profiriendo insultos hacía su cuñada. Esta no daba crédito a sus oídos, la esposa de Gerardo, Amelia, amiga de la niñez de Mª del Carmen. se había sentado a su lado, cogiendo sus manos entre las suyas dirigiéndole palabras cariñosas, la tía-abuela de Gerardo y Pedro, secaba sus lágrimas, recordando lo enamorado que su sobrino estuvo siempre de Mª del Carmen y lo bueno que siempre fue con ella, hasta el último momento, siempre defendiéndola, siempre justificándola.
Una semana después la viuda vendió a su cuñado su parte de la empresa. De nada valieron las advertencias de Agustín Saavedra, su abogado y asesor, sobre el bajo coste de la venta -no se lo estás vendiendo, Carmela- repetía una y otro vez Saavedra- se lo estás regalando y no tienen por que hacerlo, no necesitas el dinero, pero vale mucho, bastante más que esto- Mª del Carmen vendió su parte por mucho meno de la mitad de su valor real.
Amelia, a pesar de sus cincuenta años y aunque usaba gafas para leer, ver televisión o conducir, tenía buena vista. En ocasiones ojeaba los periódicos sin ellas. Para leer la reseña de la cena de la noche anterior no se las puso. Iba pasando las hojas con lentitud, debía de estar en la sección de local; los periódicos los domingos eran tan abundantes en páginas, que resultaba agotador sujetarlos. Entonces fue cuando sus ojos vieron algo extrañamente familiar, pero su mente seguía buscando otra cosa. Siguió pasando las hojas, pero mucho más despacio, se paró y las empezó a pasar en sentido contrario, hasta que lo vio otra vez. Ahora con sus ojos y su mente a la vez. El teléfono comenzó a sonar impertinentemente, sobresaltándola. Sin soltar el periódico, se levanto para contestarlo, no podía dejar de mirarlo. Con una mano descolgó el auricular, mientras que con la otra seguía sujetando las hojas de papel impresas. No le dio tiempo a decir nada, desde el otro extremo de la línea oyó la voz de su hijo Diego -¡Mamá, Mamá!, tía Carmen se ha.... se....ha.....desmayado, no puedo despertarla, ¡Mamá, Mamá! - la voz de Diego era entrecortada y jadeante, la línea temblaba, se oían voces altas y llorosas, alguien hablando por otro teléfono, pidiendo un médico. A Amelia le dolió la garganta cuando le preguntó a su hijo donde estaban, cuando él le dijo que en casa de Mª del Carmen, ella ni tan siquiera se preocupó de colgara el auricular o vestirse adecuadamente. Salió corriendo en bata y camisón del dormitorio, la casa de Carmela estaba a diez minutos, no tardaría ni diez minutos en llegar.
jueves, 16 de mayo de 2013
En el Paseo Marítimo. Capitulo 5.
20 de Enero de 2000.
La velada anterior había transcurrido en los salones privados del Banco Pastor. Una magnífica cena servida por Casa Pardo había acompañado a Amelia y sus compañeros de mesa. El presidente de un banco, el de un diario, dos miembros de la aristocracia gallega del más rancio abolengo y otros de la castellana, el director de una famosa fundación cultural extranjera. Tras muchas gestiones y viajes, Amelia había conseguido reunirlos a todos en torno a esa mesa. La exposición para Octubre era una realidad. Vendría desde Hamburgo, por primera vez en España y la Fundación Tercera con Amelia a la cabeza,lo había conseguido. Habían sido unos meses de intenso trabajo; reuniones maratonianas; viajes agotadores; tensas esperas; miedos a otras fundaciones e instituciones con más poder económico y social. Pero por fin, la anhelada exposición vendría a la ciudad.
La reunión se había alargado hasta altas horas de la madrugada y Amelia estaba agotada, exhausta.
Eran las doce de la mañana de un Domingo gris pero no lluvioso. En la Ciudad Jardín no se oían ruidos de tráfico, en cierta manera se tenía la sensación de estar en el campo, con la diferencia de tener el centro de la ciudad a pocos minutos caminando. Desde la casa no se veía el mar, pero podía oler. Amelia abrió el balcón del dormitorio y se asomó. Olía a mar. Le encantaba ese olor. No lo cambiaría por nada del mundo. Desde niña lo había conocido y aprendido a saborearlo. Regresó dentro y por le teléfono interior pidió que le subieran su desayuno habitual. A los pocos minutos una doncella, después de llamar suavemente a la puerta, entró en el amplio y luminoso dormitorio portando en una bandeja de plata con un mantelito de encaje de Camariñas, el desayuno de Amelia. Era muy frugal. Té, zumo de naranja recién exprimido y un yogur natural. Hubiera podido prescindir de cualquier comida del día excepto del desayuno. Aunque en algunas ocasiones amaneciera a las tres del tarde, lo primero que deseaba era su desayuno. El té en tetera de plata; no era una vanidosa, pero Amelia mantenía que el té como mejor sabía era hecho en tetera de plata; el zumo de naranja natural, sin colar, por supuesto; un yogur natural entero, absolutamente nada desnatado, con tres cucharadas de azúcar; si tomaba el té con leche, debía de estar fría y ser semi desnatada. Amelia era austera. Apenas se maquillaba; su vestuario, aunque era muy amplio,no siempre lo componían primeras firmas, generalmente compraba en época de rebajas y los zapatos casi siempre en las zapaterías Voge; poseía innumerables joyas de todas las variedades, colores y tamaños, pero no hacía ostentación de ellas, era muy comedida en su lucimiento; sus abrigos de piel eran famosos en la ciudad, la mayoría los había diseñado ella misma, siendo la mejor cliente de los diferentes peleteros de la ciudad, tampoco abusaba a la hora de usarlos, incluso algunas temporadas tan solo utilizaba dos o tres. Con el desayuno venía la prensa diaria, así como otras revistas e incluso prensa deportiva, la de tipo económico sólo la leía en el despacho. Había tres periódicos locales, dos nacionales y dos extranjeros. Mientras dejaba que el té terminara de hacerse comenzó a buscar en el primer periódico local la reseña de la cena de la noche anterior.
Amelia era una persona tranquila, que no solía perder los nervios con facilidad, en realidad no recordaba haber perdido los nervios nunca. En los momentos de mayor tensión tanto familiar como profesional, había sabido mantenerse firme y flemática; quizás por la educación espartana que había recibido; el internado suizo; su condición de hija única; el haber crecido entre adultos; su entorno familiar serio y exigente; su matrimonio, lo mas dulce que recordaba era el nacimiento de su hija Irene. Ella no dejaba de sorprenderse cuando recordaba la sensación de inmenso dolor y rabia que había experimentado en el momento de saberse embarazada de su primogénito, Diego, prácticamente a los quince días de la boda, recién llegados de la luna de miel, conoció su nuevo estado. No contaba con ello. El engendrar a su primer hijo fue una acción no planificada y no deseada, por lo menos hasta pasado un tiempo. Su ignorancia le hizo pensar, que su esposo, aunque sólo cinco años mayor que ella, pero con mucha más experiencia en determinados temas, habría tomado medidas para evitar determinadas consecuencias. Durante nueve meses odió al ser que llevaba dentro. Deseó abortar. No solamente su espléndida figura desapareció, sino que debido a complicaciones, debió de permanecer guardando reposo absoluto durante los últimos cinco meses. Dos enfermeras cuidaban de ella día y noche. Cuando el bebé nació, después de doce horas de dolor, su cuerpo y su mente estaban rotos de dolor y cansancio y la sola mención del niño le producía mareos. En los siguientes años su vida transcurrió felizmente. El niño crecía sano; su matrimonio era feliz; tenía una preciosa casa; su vida social era plena y divertida, todo iba bien hasta el día del accidente.
Exceptuando a Amelia, la única persona por la cual Gerardo sentía algo y siempre lograba convencerle y calmar su genio había sido su hermano Pedro. Desde el accidente, nada había vuelto a ser lo mismo. Toda la rabia y la furia de Gerardo Cruz ante la muerte de su hermano se habían vuelto hacía su cuñada viuda. Jamás en público se refería a ella y si coincidían en alguna ocasión -situación que era bastante habitual- nunca se dirigían la palabra. Tres días después de los funerales, había ido a visitar a Mª del Carmen. Ella estaba intentando no llorar otra vez, permanecer serena delante de él. Lo había conseguido y no había llorado, había conseguido mirar a los ojos enloquecidos de él, manteniendo los suyos secos y desafiantes. - Eres una asesina - sus palabras, permanecían en su memoria desde entonces- una puta de mierda y una asesina. Jamás olvidaré que tú lo mataste. Eres una maldita puta asesina de mierda. No quiero volver a verte jamás. Tú y sólo tú lo has hecho. Desde el día que entraste en la vida de mi pobre hermano comenzaste a destruirlo. Su vida erais tú y vuestro pobre hijo. Os adoraba. Tú le humillaste, le insultabas cada noche, bebiendo y jodiendo como una perra en celo. Tu condición de madre no te hizo ser más responsable, al contrario. Continuaste follando como una puta barata, por un cigarrillo o por una copa. Doy gracias a Dios porque mi sobrino se haya ido con su padre, una puta como tú no merece ser madre, ninguna inocente criatura merece a una mierda como tú como madre....t - Mª del Carmen se había levantado y acercándose sin apartar la mirada de los ojos de su cuñado, se había puesto frente a él. Ambos podían sentir el aliento del otro y ella pudo sentir el esfuerzo que realizaba él para no abofetearla, oyó com o su propia voz salía seca y firme, no le temblaba, apretando los puños, conteniendo sus manos para que no salieran disparadas hacía la cara de él - Sal de mi casa ahora mismo, no tengo porque aguantar tus insultos, yo seré una puta, pero eso da igual ahora, al menos he tenido el buen gusto de no joder contigo, lo cual dice mucho a mi favor, ¡fuera de mi casa! - había subido el tono y la garganta el dolía por el esfuerzo. Continuó avanzando con pasos cortos hacia él, que se vio obligado a retroceder - tú no sabes nada, no tienes ningún derecho a juzgarme; no eres mejor que yo, -ella había seguido avanzando haciéndole retroceder más a él, la rabia le daba coraje -sigues siendo un golfo, tu polla loca no ha parado de mojar en todo coño de mierda que se le ha antojado, eres despreciable, me das asco, ¡¡fuera!!,¡¡fuera de mi casa!!- la cara de él era un mueca de odio y sorpresa, la rabia le impedía articular palabra, la mira de ella era ahora tan enloquecida como había sido la suya antes, giró sobre sus talones y con grandes zancadas salió de la casa.
martes, 7 de mayo de 2013
En versión original
Es una suerte que a uno le guste leer, un libro transporta, evade, es una gimnasia cerebral estupenda, si además es en versión original y se puede disfrutar directamente del autor, mejor que mejor. Me gustan mucho los escritores suecos, acabo de terminar el último de Camila Lackberg, Los vigilantes del faro, como siempre ha sido una lectura entretenida y amena, en el marco siempre interesante de ese bonito país que es Suecia. Y ahora estoy leyendo a Reyes Calderón, que me esta entusiasmando con su El jurado número 10.
miércoles, 1 de mayo de 2013
En el Paseo Marítimo. Capítulo 4
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19 de Enero de 2000.
19 de Enero de 2000.
La autopsia no había revelado gran cosa acerca del hombre del Paseo Marítimo. Varón: uno ochenta de estatura, complexión fuerte, cuerpo cuidado, buena calidad de vida, probablemente deportista, entre cincuenta y sesenta años, ninguna cicatriz de cirugía estética o de accidente, abundante pelo negro y lacio, cara cuadrada, pómulos marcados, ojos alargados, cejas negras y amplias, nariz grande y afilada, labios gruesos, perfecta dentadura sin implantes, tampoco ningún empaste reciente o antiguo, su estomago contenía sólo líquidos, nada sólido, no llevaba anillos, cadenas, reloj ni pulseras, ninguna identificación. Sus uñas estaban cuidadas, al igual que sus pies, los hombres no solían tener problemas de callosidades, a no ser juanetes, el hombre del Paseo Marítimo tenía unos pies sanos.
Transcurridos cuatro días sin que hubiera mediado ninguna denuncia por desaparición que encajase con el caso PM132/00, el comisario Yuste, después de consultar los informes de desaparecidos de las otras provincias de la Comunidad Autónoma, dio orden de insertar la foto del individuo en la prensa del Domingo, era una manera como otra cualquiera de averiguar algo. Quizás alguien conociese al muerto, o quizás no. Tarde o temprano se acaba descubriendo.. Pero este al comisario Yuste le daba mala espina. El aspecto del hombre era demasiado cuidado, demasiado bueno. No era drogadicto o un ratero, un vagabundo tampoco, un fugado de prisión tampoco -tenían dos en busca y captura-, lo que más llamaban la atención eran sus ropas. Era un equipo de sudadera y pantalón azul con una raya gris, estaba muy gastado y al hombre le quedaba pequeño. Las zapatillas aunque eran de buena calidad, se veían también gastadas y eran un número menor. Él usaba un cuarenta y tres, mientras que las zapatillas eran un cuarenta y dos. Era muy incómodo correr con un calzado inapropiado. La camiseta que llevaba debajo era gris oscura, lisa, también gastada. Todo parecía recién lavado. Todo ajado pero lavado y no era la talla adecuado para la persona en cuestión.
jueves, 11 de abril de 2013
Otras culturas, otra historia
La afición por la lectura no es obligatoria en el ser humano. Periódicamente se realizan estudios y encuestas sobre cuanto leemos, qué leemos, quién lee más si los hombres o las mujeres, etc. Y en la lectura como en todo hay modas; actualmente, por ejemplo, a raiz de la publicación de las novelas de E.L. James, las librerías están llenas de novelas erótico - románticas, no se ustedes, la que suscribe comenzó a leer la primera - es una trilogía - y todavía esta en ello, hace de esto seis meses. La culpa es sobre todo de los suecos, además de los noruegos, finlandeses, daneses y algún alemán e incluso algún ruso. Me explico. Leo mucho a estos autores, descubrí la literatura de estos países por medio de Henning Mankell, hará cosa de diez años aproximadamente. A partir de entonces un libro me llevo a otro y ese a otro y ahora estoy leyendo uno que me está entusiasmando de Cilla y Rolf Börjlind, titulado Marea viva. Sensacional. Además, gracias a estos autores se tiene acceso a otras culturas, a otra historia, a nuevos personajes. Gracias a Marea viva he conocido la historia de un sueco admirable, después les cuento.
miércoles, 27 de marzo de 2013
En el Paseo Marítimo. Capítulo 3
16 de Enero de 2000.
Los subinspectores Rogelio Núñez y María Vales pertenecían a la comisaría de Méndez Núñez, en donde prestaban sus servicios desde hacía cinco años. Les habían asignado el homicidio del Paseo. Entre los dos sumaban treinta casos de homicidios resueltos, formaban un equipo compenetrado y ágil, perseverancia ante los obstáculos, astucia en la dificultad, infatigable tesón y el principio básico establecido por Rogelio Núñez: todo crimen tiene una autor, era su principal mandamiento. Ninguno de los dos era universitario. A la subinspectora Vales nunca le habían atraído los libros. Cuando finalizo COU, se marchó a trabajar un año a Irlanda como niñera, a la vez que asistía a clases de lengua inglesa. El año siguiente lo pasó en París con igual trabajo y estudios en francés. Dos meses antes de abandonar Francia, decidió ser lo que siempre había querido: policía. Aprobó las oposiciones con el número uno. Rogelio Núñez había sido su primer compañero y hasta la fecha el único. Al principio ella se había sentido desbordada por la personalidad de él. Núñez no se caracterizaba ni por su simpatía ni por su buen carácter. No obstante, en pocas semanas, supo que su compañero no sabía ser de otra manera y aparte de considerarlo un excelente policía, era también un amigo.
- No ha habido ninguna denuncia por desaparición - Núñez consultaba el parte de las últimas veinticuatro horas de personas desaparecidas, una foto del muerto estaba al lado - al menos que encaje con este, es posible que todavía no lo hayan denunciado, el individuo no llevaba documentación, para variar, ni ningún objeto personal que nos diga algo sobre él.
- Con Dolores Hernández hemos quedado a las doce, en su casa, el hombre, antes de morir, dijo, según ella "Carlos", aunque puede que no lo dijera y dijera otra cosa, la mujer estaba en un estado de nervios agudo cuando la encontró el municipal. Según los médicos que la atendieron, cuando supo que el hombre había muerto debido a dos disparos, sufrió otro ataque y tuvieron que sedarla. Ella no tiene antecedentes, no tiene nada que llame la atención en su vida, es de lo más normal, no parece que tenga objeto que quiera ocultar algo - Vales releía el informe sobre Dolores, en donde constaba que era huérfana de padre y madre, no tenía hermanos ni hijos ni estaba casada ni lo había estado. Tenía treinta y tres años y era propietaria de varios inmuebles en la ciudad, heredados de su familia, vivía de ellos. Dos abogados de renombre y dos reputados ciudadanos - uno empresario y otro médico -, los primeros asesores legales de la familia de Dolores desde hacía treinta años y los segundos amigos personales, avalaban su solvencia económica e integridad moral. Valerio Somoza, el abogado de más edad, fue el que, una vez que habló con Dolores por teléfono, en presencia de Núñez y Vales, había concertado la hora de la visita en casa de su cliente, indicándoles a los dos policías que el, como abogado y amigo, debía y quería estar presente durante la visita.
- Bueno - Núñez se levantó, metiéndose su teléfono móvil en el bolsillo del gastado pantalón vaquero, la cazadora de cuero estaba también gastada por el uso, el cuello de borrego había quedado un poco antiguo, pero a él esa cazadora, que llevaba siempre, sin importarle la estación del año o la temperatura exterior o interior, le parecía cómoda. El jersey de cuello alto, color azul claro, hacía que sus ojos adquirieran un espectacular tono azul celeste, no se había afeitado desde hacía dos días, lo pelillos rubios de su incipiente barba, proporcionaban un toque atractivo a su hosco semblante, que sin ser poco agraciado, era adusto y malhumorado. Sí Vales no supiera que Núñez odiaba las peluquerías y que invertía lo indispensable en ellas, podría pensar que su cabello rubio, amarillo absoluto, era consecuencia de varias sesiones de teñidos especializados. Esta temporada no se peinaba con frecuencia, llegando su melena por encima de los hombros, nunca se ponía coleta, no se lo tocaba con las manos para quitárselo de delante de la cara, simplemente movía la cabeza hacía atrás de una manera tan natural que a Vales ya le parecía normal - Vamos ya, son las once y media, te invito a un café de camino, si apuramos un poco, podemos ir sin coche.
Núñez y Vales estuvieron con Dolores durante una hora. Valerio Somoza, el abogado, estuvo presente durante la reunión, interviniendo esporádicamente. Rogelio Núñez conocía al abogado, una prima suya había sido cliente de él y otro compañero de la comisaría también, tanto una como el otro, se deshacían en elogios para con el abogado, alabando no sólo su buen hacer profesional, sino su extraordinaria valía como persona.
El hombre del Paseo Marítimo no había sido identificado, al menos de momento. La descripción de Dolores del supuesto acompañante era muy vaga, sin tan siquiera saber si era hombre o mujer. El nombre de Carlos, si era esto lo que había dicho el hombre antes de morir, no suponía ninguna pista, podría ser el suyo; el del presunto acompañante asesino o de cualquier otra persona. Era en lo único que Dolores se mantenía firme - él dijo "Carlos", me miró a los ojos y lo dijo con verdadera angustia, creo que trataba de advertirme sobre esa persona, eso pudiera significar que el otro era un hombre, pero yo no estoy segura de que fuera un hombre, realmente de lo único que estoy segura es de lo que le oí decir, dijo "Carlos"- . Dolores se encontraba muy tranquila, había dormido profundamente y descansado. Además, teniendo a Valerio a su lado, la seguridad era total. Los policías eran un hombre y una mujer muy agradables y educados. El policía tenía una aspecto un poco extraño para ser policía, pero sus modales eran los de una persona educada. La subinspectora debía de tener la edad , más o menos, de la propia Dolores, y apenas habló. Tomaba notas en un pequeño cuaderno de tapas negras y observaba. El traje de chaqueta gris que llevaba y el abrigo de igual color no le daban aspecto de policía. Tenía unas piernas largas y bonitas, luciendo especialmente con los altos tacones de sus zapatos negros. Su pelo negro azabache lo llevaba recogido en una especie de moño a la altura de su cuello, apenas llevaba maquillaje y con sus gafas de fina montura dorada enmarcando unos ojos grandes y castaños, parecía una eficiente secretaria.
- Siento no poder ayudarles más - Dolores se sentía estúpida - pero no vi nada más, el hombre no dijo nada más - la subinspectora no dijo nada, pero el otro policía le dedicó una amplia sonrisa, dejando ver una buena dentadura, sino muy colocada, si aceptable. - No se preocupe, señora - Vales había guardado ya su libretita y ahora sonreía, el hombre seguía llevando la voz cantante - nos ha ayudado usted mucho - Dolores hubiera deseado que el policía municipal que acudió en su ayuda en el Paseo Marítimo hubiera accedido a su petición de acudir a la reunión o interrogatorio, como él mismo había definido la visita de la pareja de policías nacionales, o no pudo o no quiso, pensó, de todas maneras lo podría localizar, conocía su nombre.
Antes de irse, Valerio le aconsejó que guardará reposo durante todo el resto del día, había pasado por una experiencia desagradable y debía descansar. A él lo podría localizar en todo momento en su teléfono móvil y Mari estaba en casa, en cualquier momento cualquiera de los dos tardarían minutos en llegar a casa de Dolores para cualquier cosa que necesitase.
Lo primero que hizo, una vez sola, fue arreglarse para salir a la calle. Era ya la una de la tarde y comería tarde, no tenía mucho apetito. Unos zapatos sin tacón y de suela de goma, cómodos eran sus preferidos. Mientras se arreglaba, Xenia permanecía tumbada mirándola de reojo, con las orejas inclinadas hacía ambos lados, de vez en cuando entornaba los ojos, mitad por sueño, mitad por aburrimiento, sabía que Dolores podía tardar mucho en salir de esa habitación. Una vez lista y a la vez que salía del vestidor le dijo una de las palabras que más le gustaban - ¡guapa! - inmediatamente se levantó y puso las orejas derechas y alerta - nos vamos a la calle - comenzó a agitarse nerviosa, subiendo y bajando las orejas - !nos vamos a la calle, mi reina¡ - Dolores se había agachado para poder acariciarla y abrazarla. Había adoptado a Xenia diez años antes, cuando era una cachorra asustada y desconfiada de dos meses. Era una perra bóxer leonada; hija y nieta de campeones; inscrita en el Libro de Orígenes Español; sus medidas eran tan perfectas como su carácter, ella había sido la mejor terapia para superar la muerte de su padre La necesidad que tenía el animal de salir a dar sus largos paseos y veloces carreras por el campo o la playa, ayudaron a Dolores a llevar el dolor y la pena. Era una perra lista, la gente decía que no se podía llamar a un perro "inteligente", aunque para Dolores, Xenia lo era mucho. Desde cachorra, había hablado con ella como si fuera un niño. Cuando la parvovirosis mantuvo a la bóxer al borde la muerte y a Dolores sin pegar ojo durante semanas, un nexo irrompible se estableció entre ella y el animal. La recuperación había sido interminable, su ahora musculoso cuerpo, había quedado convertido en un montón de huesos recubiertos de un manto color caoba. Apenas comía, pero el suero aplicado los días anteriores, parecieron dotar a la perra de una fuerza extraordinaria. Sus ojos siempre se mantuvieron brillantemente vivos; su actividad frenética; ladraba con autoridad a todos los perros que tenían la osadía de pasar o pasear en "su" calle o "su" plaza; con los otros canes amigos, compañeros de juegos, corría sin descanso, Dolores temió durante muchos meses que todo su delgado cuerpo fuera a romperse en una de esas alocadas carreras.
El color leonado del cuerpo de Xenia adquiría una intensidad mayor con al claridad del día. Sus patas eran blancas, al igual que el pecho y las dos manchas que tenía sobre el cuello, una grande y otra pequeña, unidas ambas por un vértice. Su nariz, chatísima, con una leve mancha casi blanca, le daba ese aspecto feroz que tiene el bóxer, la eterna cara de mal genio, el morro negro y suave, las mandíbulas fuertes.
El arnés azul y la correa haciendo juego, fibrosa, con paso elegante y las orejas muy derechas. Era una perra preciosa. Xenia tenía muchos admiradores y como era una perra muy cariñosa, no era raro que cuando salían de paseo, tuvieran que parar en varias ocasiones para recibir las caricias o los piropos pertinentes. Dolores dio un último achuchón al suave morro de su perra y salieron, camino del Paseo Marítimo, en dirección a la Fuente de los Regatistas.
El color leonado del cuerpo de Xenia adquiría una intensidad mayor con al claridad del día. Sus patas eran blancas, al igual que el pecho y las dos manchas que tenía sobre el cuello, una grande y otra pequeña, unidas ambas por un vértice. Su nariz, chatísima, con una leve mancha casi blanca, le daba ese aspecto feroz que tiene el bóxer, la eterna cara de mal genio, el morro negro y suave, las mandíbulas fuertes.
El arnés azul y la correa haciendo juego, fibrosa, con paso elegante y las orejas muy derechas. Era una perra preciosa. Xenia tenía muchos admiradores y como era una perra muy cariñosa, no era raro que cuando salían de paseo, tuvieran que parar en varias ocasiones para recibir las caricias o los piropos pertinentes. Dolores dio un último achuchón al suave morro de su perra y salieron, camino del Paseo Marítimo, en dirección a la Fuente de los Regatistas.
martes, 26 de marzo de 2013
En el Paseo Marítimo. Capítulo 2
15 de Enero de 2000.
Era Enero y llovía. Había llovido incesantemente durante todo el mes con una continuidad deprimente, sin dejar tregua alguna que permitiera el menor atisbo de un esperanzador rayo de sol. A las siete de la tarde de ese Martes, la sombra de la noche anunciaba su llegada y el viento propinaba certeras embestidas a todo cuanto hallara a su paso.
Dolores corría todos los días a través del Paseo Marítimo, una de las joyas de la ciudad, con su impresionante despliegue de metros cuadrados, escoltado a un lado por la gran balaustrada de piedra de piedra cuyo generoso antepecho servía de apoyo a las farolas municipales que mostraban, orgullosamente esculpido en su pedestal, el escudo de la ciudad, jalonado con la característica calavera de mirada sonriente. Al otro lado del Paseo, se encontraban lo bancos, también de piedra, ordenadamente dispuestos para ser utilizados por los numerosos paseantes que lo frecuentaban. Detrás de ellos discurría la hilera de árboles plantados sobre la colorida meseta.
Había comenzado a levantarse un viento rebelde y castigador que azuzaba las gruesas gotas de lluvia que caían con vehemencia sobre la ciudad. Dolores había estado corriendo durante treinta minutos y, a pesar del tabaco y de la larga velada anterior en donde había comido y bebido en exceso, su organismo respondía perfectamente al ritmo de su carrera. Cuando se encontraba llegando a la Fuente de los Regatistas sintió un aguda punzada en el costado izquierdo que hizo que se parara en seco. Por un segundo, perdió la respiración y sintió toda la violencia del agua de lluvia estrellándose contra su cara. Al sentir el pinchazo, se había llevado una mano al costado y con la otra se había quitado de un manotazo la capucha que le protegía fielmente del tiempo exterior. Se quedó parada y encogida durante unos instantes, hasta que cogiendo el aire que le faltaba, se incorporó y comenzó a inspirar por la nariz para seguidamente expirar por la boca en pequeños buches. Caminaba lentamente, con la cabeza inclinada, para evitar la embestida del agua, abrazada con ambos brazos sus costados y, aunque tenía el pelo empapado, el resto del cuerpo se mantenía a salvo, gracias al traje de aguas que solía utilizar siempre que llovía de esa manera. Hacía años que no navegaba y había vendido el balandro con todos sus los aparejos, pero el traje de aguas y las botas los había conservado.
Continuó caminando y recuperando el ritmo de respiración. No se atrevía a ir más deprisa por miedo a que el dolor volviera, no estaba mareada, ni sentía ganas de vomitar. Dolores sabía, por otros corredores, que cuando se realizaba un sobre esfuerzo, los vómitos y el mareo eran las primeras consecuencias. Su problema había sido la falta de concentración, su mente había viajado a otro lugar y había perdido el ritmo entre carrera y respiración.
Inmersa en sus pensamientos, no reparó en dos corredores que pasaban junto a ella, hasta que dos pares de piernas comenzaron a moverse a pocos metros delante. De pronto, las dos piernas de la izquierda se pararon bruscamente y chocaron contra las otras dos, este movimiento hizo que Dolores levantara la cabeza lo suficiente para ver como el corredor del lado izquierdo se abalanzaba sobre su acompañante, lo abrazaba durante unos segundos y seguidamente iniciaba una veloz carrera, mientras el otro se desplomaba sobre el encharcado pavimento. En los primeros instantes, Dolores no interrumpió su camino, cuando el corredor comenzó su carrera y el acompañante caía, se paró mirando la escena, un segundo después, apresuró el paso hacia la persona que en ese momento caía desplomada.
Pudo evitar que la cabeza chocara contra el suelo, pero el peso del cuerpo la hizo a ella perder el equilibrio y caer de rodillas. No tenía fuerzas para incorporarse, la persona era bastante mas alta que ella, mantuvo su brazo izquierdo a modo de almohada bajo la cabeza, sintiendo que el dolor de su costado volvía a ser latente debido a la presión del cuerpo caído.
Con su brazo derecho se apartó el pelo de la cara ya que el impedía ver claramente la cara del caído, la lluvia seguía cayendo, formando una cortina heladora.
-¡¡oiga!!. ¡¡oiga!!, ¿me oye?, ¿me puede oír? -gritó todo lo claramente que pudo, la persona no se movía, permanecía con los ojos cerrados y la boca abierta - ¡¡señor!!, ¡¡señora!!- esta vez Dolores acarició con suavidad la cara desconocida a la vez que intentaba serenarse y pensar que hacer -bien- tragó saliva, tenía que hacer algo, tenía que pensar - bien, no se preocupe - no sabía si era hombre o mujer, pensaba que era un hombre, una cara ancha, nariz recta, y proporcionada, cejas negras y muy pobladas, las pestañas eran cortas y negras y notaba con su mano una ligera aspereza de la piel, los labios los seguía teniendo entreabiertos, mostrando una dentadura blanca y uniforme. Pensó en el boca a boca, pero no tenía movilidad, el peso del cuerpo caído hacia que el suyo estuviera inmovilizado - ¡¡socorro!!, ¡¡por favor!!, ¡¡que alguien me ayude!! - comenzó a gritar con todas las fuerzas que pudo sacar, no podía moverse, pensó en arrastrarse con el hombre hasta el borde la acera, pasaban coches, el Hotel Tryp María Pita estaba a unos metros, pero estaba agarrotada, sus músculos se mantenían tercamente inactivos y le dolían - ¡¡SO - CO - RRO!!, ¡¡ES QUE NO ME OYE NADIE!! - no podía hacer nada, allí tirada, en medio del Paseo, con un hombre que podía estar muriendo y ella no podía hacer nada - de pronto el hombre abrió los ojos y miró a Dolores, ella había seguido acariciando su cara con toda la suavidad que su temblorosa mano le permitia, cuando sus miradas se encontraron, Dolores dio gracias a Dios y a todos, ¡vivía!, ¡estaba vivo! - tranquilo - se apresuró a decir intentando que su voz sonara lo más tranquila posible - no se preocupe, toda va a salir bien - gracias otra vez Dios, gracias, pensó, mientras intentaba mover sus piernas - Car....Carl....Carlos......- el hombre había intentado levantar la cabeza y miraba a ahora a Dolores con los ojos muy abiertos, eran claros, muy claros - se llama usted Carlos -respondió Dolores, mientras el hombre intentaba seguir hablando - tranquilo, no haga esfuerzos, tranq.....- el hombre volvió a hablar- por......fav....favor......Car....los -por los labios del hombre comenzó a asomar una gota oscura que comenzó a teñir sus labios y su barbilla, a medida que el liquido oscuro comenzó a diluirse con el agua de lluvia. Dolores no lo vio al principio y cuando lo hizo, el chorreo corría por todas la barbilla, - ¡¡donde esta la policía!! - Dolores era ya presa del pánico, ya no podía gritar, sólo tenía fuerzas para intentar reconfortar al moribundo - lo siento, señor, lo siento, no puedo hacer nada- el cuerpo del hombre se agitó durante unos instantes y sus ojos permanecieron saltones, mirando hacia Dolores, a la vez que su cabeza quedaba pesadamente apoyada en el brazo de una mujer que, en ese momento, lloraba angustiosamente sin saber que hacer.
lunes, 25 de marzo de 2013
En el Paseo Marítimo. Capítulo 1
La siguiente novela es fruto de la imaginación del autor y cualquier parecido con la realidad, es pura casualidad. Hay algunos personajes, acontecimientos y lugares que han sido tomados como referencia para el desarrollo de la acción.
2 de Enero de 2000
Manolita bajó con rapidez la escalinata desde la planta primera, cuando Mª del Carmen vio que se dirigía hacía ella, no pudo por menos que alegrarse, era reconfortante encontrar a una cara amiga que con sinceridad se alegraba de verla.
- ¡Mª del Carmen, que sorpresa verte por aquí! - ambas mujeres se saludaron con dos cariñosos besos en las mejillas, Mª del Carmen nunca podría olvidar el apoyo que supuso la secretaria de presidencia en los días posteriores al accidente. Junto con Adela, la había cuidado y acompañado durante todo el mes que ella pasó encerrada en casa sin desear vivir. Una de ellas dos, estaba siempre a su lado y gracias a ellas, había salido del túnel, llegado a la luz y retomado la vida. En veinticinco años de amistad, siempre halló en la secretaria simpatía y amabilidad, tenía el don de agradar a las personas. Ni el mal carácter de los Cruz podían con ella. - Bueno, en realidad es una visita sorpresa - "no había envejecido" - pensaba la secretaria mientras subían por la escalinata hacia los dominios presidenciales, sus ojos verdes seguían hechizando, las largas pestañas eran majestuosos toldos negros que aumentaban su color, una piel tan blanca que parecía porcelana, sus facciones no demostraban haber soportado tanto dolor y tanta locura, era un semblante que transmitía serenidad y tranquilidad, emanaba calor - !loh, hacía tanto tiempo¡ - Mª del Carmen se había detenido frente al retrato de su marido y su hijo, pintado por Lezcano hacía veinte años, por un instante, al verlo, su corazón se estremeció; había sido una de las condiciones por la venta de sus acciones, ese retrato debería de permanecer siempre ahí, junto a los de los otros otros presidentes y antepasados, ellos debían de estar ahí. Continuaron subiendo muy despacio - he venido a ver a Gerardo - Manolita se sorprendió y la otra lo notó, - sí, ya se que es extraño, yo misma me siento rara oyéndomelo decir, pero - levantó los hombros y enarcó sus negras y pobladas cejas - !no me queda otra¡. Además, el factor sorpresa es importante -, Manolita iba a decir algo, pero ella se lo impidió - !no, no digas ni una palabra¡, tú y yo no nos hemos visto, no quiero que tengas problemas por mi culpa - Manolita intentó esta vez protestar, pero de nuevo la otra se lo impidió - !he dicho que no quiero líos¡, es aquí, ¿verdad? - estaban frente a dos grandes puertas de madera de caoba - Bien - la viuda respiró hondo, miró a la secretaria y empujándola el dijo en un susurro - y ahora largo, no nos hemos visto - por fin Manolita se alejó.
Mª del Carmen golpeó con fuerza la puerta, unos segundos después se oyó un lejano, !adelante¡, respirando hondo de nuevo y levantando la barbilla, puso su mano sobre la rimbombante manilla y entró, todo lo majestuosamente que pudo, en el despacho de su muy odiado y despreciable cuñado.
"Absolutamente sensual, fue lo primero que pensó el presidente cuando Mª del Carmen se dirigía como una leona hacía su presa; siempre le había parecido que la sensualidad emanaba de su cuñada por todos sus poros, sentía una atracción endemoniada por esa mujer, a la vez que la odiaba; cinco segundos después de su primer pensamiento sintió que la ira tensaba todos sus músculos y le hacía ponerse de pie, apoyando las manos sobre la mesa para no temblar. Ella estaba parada de forma que él pudiera verla de cuerpo entero. Seguía emanando sensualidad, mirándole con esos increíbles ojazos verdes que hacían bullir su testosterona.
- Buenas tardes Gerardo - seductora y calculadora, Gerardo mantenía sus manos apoyadas con fuerza sobre la mesa y le estaban empezando a doler- voy a ser muy rápida y clara -, ella le miraba ahora fijamente y no se movía, permanecía altiva y displicente, "me vas a escuchar porque me da la gana", era lo que decían su cuerpo y su mirada - quiero, estoy diciendo: quiero, no "te pido" o "por favor", no. Quiero, que con fecha quince de Enero de este año curses el alta como trabajador de esta empresa de mi sobrino Diego Cruz, tu hijo, que le facilites al máximo, su desarrollo profesional, que le apoyes y le guíes, que le instruyas y le prepares para el futuro, respetando siempre su deseo de continuar o no en la empresa. De no ser así y si haces sufrir al muchacho o le haces daño o por algún motivo el desvelas algún día esta conversación, al minuto siguiente, toda la ciudad, incluidos tu pobre esposa, tu familia, tus amigos, tus trabajadores, todo el mundo conocerá con pelos y señales la clase de vida que llevas, a lo que te dedicas en esas noches locas y desenfrenadas, en las que los lindos coñitos de tus amigas se pegan por bañar a tu pobre polla flácida y pastosa; esas sesiones de porno duro y puro de los Jueves; las entretenidas tardes de los Viernes en casa de tu amigo Carolo. Todo - Durante unos segundos sus miradas hubieran asesinado al otro. Mª Carmen sonrió malévolamente a su cuñado y girándose muy lentamente, salió del despacho, dejando la puerta abierta - que tengas un buen día - fueron las últimas palabras que Gerardo el oyó dirigirle.
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